La madre de todos los Isards

Esta hembra me traía de cabeza. Tras haberla visto ya alguna vez y darme cuenta de lo espectacular del animal, me propuse obtener una imagen en la que se apreciara su singularidad. Llevaba varios días tras ella, con avistamientos ocasionales que no me habían permitido obtener imágenes que satisficieran mis expectativas. Ya sea por la distancia, por la posición del animal o por la escasez de luz.

Se encontraba en una zona de acceso relativamente fácil, de forma que cualquiera que pasara por allí en el momento adecuado podría verla sin demasiada dificultad. Tanto es así que ha llegado a hacerse famosa entre fotógrafos, cazadores y amantes de la naturaleza en general.

Y no me extraña. Es un ejemplar muy llamativo, fijaos en  sus cuernos. Se trata de una hembra, y una muy vieja, de alrededor de 18 años. En la fotografía no se puede saber con exactitud ya que, en individuos tan mayores, los anillos de crecimiento salen muy juntos unos a otros y la base del cuerno está tapada por el espeso pelaje de invierno.

Otra peculiaridad de sus cuernos es la enorme separación que presentan en la parte superior. Esto es diferente en cada isard. En mi galería “la vida en los Pirineos” puedes ver fotografías de otros ejemplares. Hay algunos muy viejos a los que les crecen los cuernos prácticamente pegados.

Las manchas claras que tiene en la cara a modo de cejas también son muy distintivas. Todos las tienen, pero en esta hembra son de un color naranja claro muy llamativo. Curiosamente, el cabrito que la acompañaba también las tenía, herencia de su madre.

En esta ocasión me acerqué a la zona donde la había visto después de comer, sobre las 16h. A esa hora no esperaba verla, ya que estos animales suelen ser más activos a primera hora del día o a última de la tarde. Pero esta hembra aún llevaba una cría de la primavera anterior y comía a todas horas y con mucha ansia. Eso me hizo pensar que probablemente está a punto de parir otra vez y de ahí su gran apetito.

Cuando llegué al lugar estaba comiendo insaciablemente, como de costumbre. Decidí aprovecharme de esto para intentar acercarme a unas matas que tenía muy cerca, a solo unos 20 metros. Para ello, me acerqué dando un rodeo bastante grande, vigilándola constantemente para evitar ser visto. El cabrito sí que me vio, pero no le di importancia ya que con esas edades siguen muy de cerca a la madre, y mientras ella no huyera él tampoco lo haría.

Antes de elegir ese camino, había observado con los prismáticos muy cuidadosamente que no hubiera otros isards por la zona, ya que si los otros me veían y salían en estampida, arrastrarían a mi hembra. Tuve suerte y solo había una más, en una posición que no impedía mi aproximación.

Durante el último tramo del acercamiento no los veía ya que iba por dentro de un pequeño barranco, pero contaba con que estarían en el mismo sitio. Y así fue: al asomarme lentamente entre las matas vi el cuerpo de la madre. Estaba muy cerca, pero no podía quedarme ahí porque solo los veía a través de unos arbustos, así que tuve que acercarme con extremo cuidado hasta la linde del campo. Probablemente, tardé más de 5 minutos en recorrer 10 metros. Moviéndome solo cuando no me podía ver. Teniendo en cuenta a qué punto entre las matas debía ir para tener un buen punto de vista.

Y cuando llegué seguía ahí, comiendo.

Tardó unos minutos más en volver a levantar la cabeza en un punto done la pudiera fotografiar, pero termino regalándome este precioso retrato.

Es una fotografía que siempre recordaré, no tanto por la imagen en sí sino por la experiencia en el momento de tomarla. Pero, sobre todo, por este magnífico animal, de esos que solo se encuentran una vez en la vida y que me dio la oportunidad de inmortalizarlo para siempre.

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