La sombra de la Luna

A finales de marzo suelen parir las muflonas. Este año me he propuesto fotografiar a algún recién nacido. Son muy difíciles de ver porque las madres, cuando van a dar a luz, se esconden en el bosque y las crías no suelen salir hasta que son lo suficientemente fuertes para seguirlas.

Hace unos días pude ver a una madre y una cría, pero estaban en unas rocas y demasiado lejos, así que no pude sacar ninguna foto decente. Ayer fui a un campo grande y cuadrado, de unos 200 metros de lado, pero en una ladera muy inclinada. Hacía ya unos años que no iba a ese lugar, pero me lo conocía bien y sabía más o menos por dónde podían salir los animales. Es un campo muy atractivo para ellos, ya que proporciona una gran cantidad de hierba y alrededor hay un bosque muy espeso donde se pueden esconder durante el día.

Llegué pronto, unas 2 horas antes de anochecer. La primera impresión fue clara: aquí hay jabalís. Estaba todo hozado, típicas señales de una piara que anda por ahí a menudo. La segunda también: esto está muy seco. Todavía no había tanta hierba verde como me esperaba, así que probablemente no vería muchos animales.

Me posicioné en el lugar que creía más adecuado, aunque una parte del campo me quedaba escondida debido a la pendiente. Todavía había sol, pero la luna ya había salido y aproveché para hacer algunas fotos diferentes a las que suelo hacer.

Así, el tiempo paso más rápido aunque ningún animal se dejara ver. En un momento dado pensé en irme porque ya escaseaba la luz para hacer buenas fotos. Finalmente me quedé esperando ya que no tenía nada que perder. ¿Qué más da si no saco buenas fotos? Sólo con ver los animales estoy contento…

Nada más decir eso, vi algo moverse. Miré con los prismáticos y ahí estaba: la muflona. Solo una. Me pareció muy raro que estuviese sola. Salió al campo justo por donde había predicho y mi posición era muy buena, tan solo a unos 40 metros, ahora solo faltaba que el animal colaborara… pero parecía que no tenía ganas. El animal caminaba deprisa, con mucha hambre y estaba bastante gorda… Esta muflona seguía preñada. Seguramente le faltaba muy poco para parir y por eso iba sola.

Subía por el campo bastante deprisa y sin levantar la cabeza. Le hice varias fotos inservibles, pero cuando creí que el animal estaba en una buena posición le silbé fuerte, con la intención de que me oyera. En efecto, al oír aquel sonido extraño, el animal levantó la cabeza y aproveché para disparar varias fotografías.

No estuvo más de 5 segundos posando y siguió su camino, pero me dejó la sensación de que lo había hecho lo mejor que podía. No tenía mucha esperanza en esa fotografía porque había muy poca luz, y lo más probable era que me saliese movida, desenfocada y con poco detalle. Sin embargo, solo con que ese animal me pasara a escasos 25 metros ya me daba por satisfecho.

Tras dejar de verla, ya muy entrada la noche, recogí el material y subí por donde había pasado la muflona, en dirección al coche. Caminaba con cuidado por si la encontraba por el camino, ya que era de noche y difícilmente veía algo a simple vista. Subía muy despacio, intentando hacer el mínimo ruido en la hierba seca y mirando con los prismáticos con cuidado. La única luz que había era la de la luna que, a pesar de no estar llena, hacia sombra. En ese momento me di cuenta de cuánto había echado de menos la montaña.

Seguí subiendo despacio hasta que vi a un bulto moverse. Entonces pensé que la muflona se había parado un poco más arriba. Miré con los prismáticos y me llevé una gran sorpresa: ¡no era la muflona, sino un jabalí! ¡Y había siete más a su lado! La piara que se dedicaba a destrozar el campo por las noches ahí estaba, a escasos 100 metros de mí. 

Estuve mirándolos un rato, deseando que hubiera luz para poder fotografiarlos, hasta que pensé que quería verlos aún más de cerca. No estaba muy lejos y aún no me habían visto, así que quise aprovechar la luz de la luna para acercarme y verlos mejor.

A eso me dirigía cuando, entre los jabalíes y yo, se movió otro bulto. Esta vez sí era la muflona, y no estaba sola, estaba con un macho pequeño y otra hembra muy vieja, de esas a las que ya les salen cuernos. 

Estuve otro buen rato mirándolos. Finalmente me decidí a intentar acercarme, pero la vieja me vio enseguida y salió corriendo, poniendo en alerta a los otros dos que también terminaron por desaparecer. 

Sin embargo, los jabalíes ahí seguían, ajenos a todo eso. Seguí con mi plan inicial de acercarme a ellos. Acorté distancias muy lentamente, vigilando mucho con los prismáticos ya que muchas veces los perdía de vista por la falta de luz. Calculo que llegué a acercarme a tan sólo unos… ¡15 metros! Oía cómo hurgaban en la tierra, cómo movían las piedras, cómo se empujaban unos a otros… Estuve un buen rato embobado delante de ellos.

Aunque era difícil de juzgar de noche, diría que se trataba de dos hembras con las crías del año anterior, que ya eran bastante grandes. En un momento dado, una de las crías se me quedó mirando fijamente. Me había visto, sí, y se le había erizado el pelo de la crin. La miraba con los prismáticos aunque estuviese a unos 15 metros, y podía verle hasta los pelos de las orejas.

Estuvimos un rato manteniendo la mirada y finalmente siguió comiendo. Tras llevar ahí mucho rato con ellos, de noche y pasando frío, decidí que ya era hora de volver al coche. En cuanto empecé a alejarme se dieron cuenta de mi presencia y corrieron, pero se volvieron a parar a los 20 metros.

¿Cómo se iban a ir de ahí si son los reyes y se estaban dando un banquete?

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